“María me dijo que le gustaría conocer París. Le dije que había vivido allí en otro tiempo y me preguntó cómo era. Le dije: Es sucio. Hay palomas y patios oscuros. La gente tiene la piel blanca.”
El extranjero. Albert Camus
Estocolmo es gris, frío, resbaladizo. Las calles empedradas de Gamla Stan, el centro histórico de la ciudad, están prácticamente desiertas a eso de las siete de la tarde. Me aseguro de que estoy en el sitio que quería visitar: la plaza de Stortorget. Esos edificios estrechos y de colores vivos y la fachada del Museo Premio Nobel que ya había visto en Google Maps así me lo confirman.
Es jueves por la tarde y estoy solo en la plaza. No es que no haya ni un paraguas rojo de algún free tour, es que estoy literalmente solo aquí. Me cubro con la capucha de mi abrigo verde porque la lluvia fina y helada empieza a molestarme en la cara. Saco el móvil para hacer una foto de esos edificios tan característicos, esa postal que todo el mundo ve de Estocolmo. La foto queda tan bonita que automáticamente la subo a mis stories. Los dos grados de temperatura máxima me han congelado la mano en el lapso del minuto que he tardado en hacer la foto y compartirla, para que mis compañeros y amigos que están en Murcia (donde hasta este preciso momento no me había dado cuenta, pero tenía planes mejores), piensen en la suerte que tengo de poder salir a ver mundo y tener estas experiencias tan enriquecedoras.
En el paseo de vuelta a casa me pierdo adrede por las calles del centro. Deduzco que es el centro porque hay más luz en los escaparates, un Zara, un HyM y una estación que se llama T-Centralen. La atmósfera fría y húmeda que reina en la ciudad, es invadida en estas calles de forma intermitente por corrientes de aire cálido y un olor horroroso a la misma comida condimentada con esas salsas que se puede oler en el centro de cualquier ciudad europea, y que impregnan en una especie de nube tóxica los metros colindantes a los establecimientos que fabrican (porque cocinar es mucho decir) estos menús.
Después de un caminar durante media hora más, llego al apartamento más barato que encontré en AirBnB, donde durante un par de noches compartiré un tétrico piso con Björn, un joven sueco con cara de estar un poco airado y el pelo repeinado para atrás, y Gabriela, una chica ecuatoriana unos cuantos años mayor que Björn a la que sólo veo asomada desde el marco de la puerta de su dormitorio, como si Björn la tuviera con una pierna atada a la pata de la cama. Lo cómico que suena en mi cabeza la mezcla de esta pareja, en parte me evade de que bien podría estar durmiendo en el Edificio Dakota versión Estocolmo. Antes de pasar mi primera noche escribo a mi padre; le digo que todo está perfecto, que el hotel está muy bien, que he tenido mucha suerte con la habitación.
En mis redes sociales publico lo de siempre: alguna coña, fotos de tartas de queso y lo más estético que he podido encontrar y fotografiar durante el día. No lo hago de una manera pretenciosa. Aparentar me da igual, pero intuyo que La Gente se pone contenta viéndome contento, y más aun desde hace unos meses. No me cuesta nada darles ese gusto, mostrarles sólo lo bueno, lo artístico. También soy consciente de la suerte que tengo de estar aquí. Me siento incluso con la responsabilidad de pasarlo bien, el mandato de la happycracia me afecta, así que disfruto todo lo que puedo de una ciudad que no se deja disfrutar del todo. Siempre puede ser peor, me convenzo para no sentirme mal conmigo mismo, Reikiavik fue peor, y encima olvidé los guantes cuando fui.
Esa fría tarde en Islandia vuelve a traer a mis pensamientos algo que llevo todo el día rumiando. No sólo es Estocolmo. Exceptuando Italia o Portugal, es todo el continente: Europa es gris, fría, cara, culturalmente demasiado ajena a mí, sobrevalorada y la gentrificación ha hecho que todas las ciudades se parezcan mucho, en lo peor. Claro que ciudades como Gante, Edimburgo, París o Londres albergan auténtico arte en sus calles, que estoy haciendo una generalización de todo un continente y siendo simplista y un poco cuñao, pero también es verdad que sólo la compañía fue lo que salvó a Berlín, Disneyland, Liverpool o Amsterdam. Que, a parte de frío, el mar Báltico es oscuro y sucio. Que Milan sin el Duomo y Bruselas sin los alrededores de la Grand Place y los gofres son lugares horribles. Que sólo aguanté quince minutos en Dublín. Que no merece la pena perder ni dos horas de una vida en ver el Lago Ness y que con lo que vi de Manchester en el taxi de camino al aeropuerto, fue suficiente para dar por concluida mi vista a la ciudad.
Sábado por la tarde, aeropuerto de Skavsta, salidas, puerta 4. El vuelo se ha retrasado hasta las 20:50h. Me obligo a escribir para hacer tiempo y para seguir aprendiento, así que retomo este texto, que termino en el avión que me lleva de vuelta, convenciéndome todavía a mí mismo de que tengo razón, de que Europa es un lugar gris y sobrevalorado.
Hace sólo unos meses, en el último avión que cogí de vuelta a casa, curiosamente también escribí, pero sobre todo lo contrario. Volvía de un París, que en realidad fue igual de gris esos días, y hablaba sobre cómo un lugar tan lúgubre como un cementerio se había convertido en un templo de peregrinación para mí. Comenzaba abril, y justo unos días antes habíamos cambiado la hora. Llegaban los meses de luz y por aquel entonces, esos días grises y la decadencia de las tumbas de mis escritores amargados marcaron un ciclo relativamente feliz.
Mi contradicción está justificada. Precisamente esta noche, volvemos a retrasar el reloj esa misma hora que nos dimos poco antes de abril, para sumirnos de lleno en la oscuridad que nos espera durante los próximos meses, para volver a la noche de las seis de la tarde, a la cama helada, a las pocas ganas. Igual que pasa con los hechos; las ciudades, la atmósfera que las rodea y hasta su clima no son nada sin nuestras interpretaciones, sin nuestro momento vital cuando las visitamos o las habitamos.
Puede ser que mientras el avión se empieza a alejar, esté comenzando a sufrir el síndrome al que da nombre esta ciudad, o por otro lado puede que no esté siendo justo, que tal vez no sea la ciudad. Tal vez sólo se trata de que Estocolmo se me cruzó sin tener la compañía adecuada y sin estar en mi mejor momento. Después de un verano de seis meses, los días grises y fríos han hecho el resto.
Y como en las grandes guerras de los últimos siglos, Europa entera ha pagado los platos rotos.
Iván ❤️
Europa no se encuentra todavía lo suficientemente en ruinas como para que pueda florecer en ella la epopeya. Sin embargo, todo hace prever que, celosa de Troya y dispuesta a imitarla, proporcionará un día temas tan importantes que ni la novela ni la poesía le bastarán…
Emil Cioran. Silogismos de la amargura



